Thomas Hobbes y el miedo como herramienta de poder.
A mediados del siglo diecisiete, el filósofo inglés Thomas Hobbes identificó algo que pocos pensadores de su tiempo habían formulado con tanta claridad: el miedo puede ser usado políticamente. En su obra Leviatán, escrita durante el turbulento contexto de la Guerra Civil Inglesa, Hobbes analizó como el poder político y el poder religioso competían por controlar la imaginación colectiva.
El libro es famoso por su teoría del Estado soberano —el Leviatán— que surge para evitar el caos del estado natural, una condición que Hobbes describía como una guerra permanente de todos contra todos. Pero menos conocida, y quizás más inquietantemente actual, es su reflexión final sobre lo que llamó “el reino de las tinieblas”.
Para Hobbes, ese reino no era una metáfora teológica sin consecuencias prácticas. Era un sistema de poder basado en la manipulación del miedo. Demonios, fantasmas, condenas eternas, milagros, espíritus y supersticiones eran herramientas con las que ciertas instituciones podían dominar la imaginación de la población. Quien controla aquello que las personas temen, controla también aquello que las personas obedecen.
El filósofo no negaba necesariamente toda religión; su objetivo era otro. Quería desenmascarar el uso político de la oscuridad. Cuando los hombres creen que fuerzas invisibles determinan su destino, se vuelven vulnerables a quienes dicen interpretar esas fuerzas.
En el siglo XVII ese poder estaba concentrado principalmente en instituciones religiosas, pero hoy el escenario ha cambiado radicalmente. Vivimos en una sociedad mucho más escéptica que la de Hobbes. Los demonios medievales han desaparecido del imaginario público dominante. Sin embargo, el miedo no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma.
En la era digital, los fantasmas ya no habitan los bosques o los monasterios. Habitan los algoritmos.
El miedo como arquitectura política
Para entender la vigencia de Hobbes, primero hay que comprender su intuición central: la política no gobierna solo cuerpos, gobierna imaginarios.
Las personas no obedecen únicamente por la fuerza material del Estado. También obedecen porque creen en ciertas narrativas sobre el mundo. Narrativas que pueden incluir amenazas, promesas o explicaciones de fenómenos que no comprenden.
En el siglo XVII estas narrativas se construían alrededor de elementos religiosos:
- condenación eterna
- posesión demoníaca
- castigos divinos
- milagros
- profecías
La función política de estos elementos era clara: generaban temor, incertidumbre y dependencia hacia las instituciones que afirmaban interpretarlos.
La Iglesia, en muchas ocasiones, monopolizaba el acceso a la explicación de esos fenómenos. Quien controlaba la interpretación del miedo controlaba el comportamiento colectivo. Hobbes identificó este mecanismo con notable claridad. Su crítica no era únicamente teológica; era profundamente política.
Para él, el verdadero peligro era la autoridad invisible. Un poder que no necesita mostrar su fuerza material, porque gobierna a través de creencias.
Del púlpito al algoritmo
En el siglo XXI ese poder invisible no ha desaparecido. Se ha transformado con las plataformas digitales, las redes sociales y las grandes corporaciones tecnológicas que se han convertido en intermediarios de la información, del conocimiento y, en muchos casos, de la percepción misma de la realidad.
Hoy, la mayor parte de la población global accede al mundo a través de una pantalla.
Las noticias, los debates políticos, las crisis internacionales, las pandemias, los conflictos sociales y hasta las conversaciones personales pasan por sistemas digitales controlados por un pequeño grupo de empresas tecnológicas.
Estas empresas no solo distribuyen información. Deciden qué información vemos. Y esa decisión está mediada por sistemas algorítmicos cuya lógica permanece en gran medida opaca para el público.
La consecuencia es profunda. Si el púlpito medieval interpretaba la voluntad divina, el algoritmo moderno interpreta la realidad. En este sentido, puede argumentarse que las Big Tech son el nuevo clero. No porque profesen una religión, sino porque administran conocimiento y miedo.
El nuevo reino de las tinieblas
El “reino de las tinieblas” descrito por Hobbes se basaba en la ignorancia y el misterio. El moderno se basa en la sobreabundancia de información y la opacidad tecnológica.
La paradoja de la era digital es que nunca habíamos tenido tanto acceso a datos y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir qué es verdadero. La arquitectura digital contemporánea produce nuevas formas de oscuridad:
Desinformación viral
Las redes sociales permiten que información falsa se propague a una velocidad sin precedentes. Estudios académicos han demostrado que las noticias falsas pueden circular más rápido que las verdaderas, porque suelen apelar a emociones intensas como miedo, indignación o sorpresa.
Teorías conspirativas amplificadas
Internet ha permitido que narrativas conspirativas que antes circulaban en círculos marginales alcancen audiencias masivas.
Movimientos como QAnon, teorías antivacunas o conspiraciones sobre manipulación global han prosperado en entornos digitales donde la evidencia puede ser fácilmente eclipsada por narrativas emocionales.
Deepfakes y manipulación audiovisual
La inteligencia artificial ha introducido una dimensión completamente nueva al problema. Los deepfakes: videos generados por algoritmos capaces de simular rostros y voces humanas, pueden crear discursos falsos indistinguibles de los reales.
Esto introduce un problema epistemológico profundo: si ya no podemos confiar en la evidencia audiovisual, uno de los pilares del conocimiento contemporáneo se debilita.
Algoritmos de recomendación
Las plataformas digitales utilizan algoritmos diseñados para maximizar la atención del usuario. Esto significa que tienden a promover contenido emocionalmente intenso.
El miedo, la indignación y el conflicto generan más interacción que la información neutral, dando como resultado que el sistema amplifique precisamente aquellos contenidos que generan mayor reacción emocional.
Arquitectura tecnológica del miedo
El miedo no es solo un fenómeno psicológico sino también un fenómeno económico. La economía digital moderna se basa en lo que muchos investigadores llaman la economía de la atención.
Las plataformas tecnológicas compiten por capturar el tiempo de los usuarios, puesto que cuanto más tiempo pasan las personas en una plataforma, más datos generan y más publicidad puede venderse.
En este modelo, el contenido que produce mayor reacción emocional se vuelve especialmente valioso. Las emociones negativas —miedo, ira, ansiedad— son particularmente eficaces para mantener la atención.
Esto no significa necesariamente que exista una conspiración centralizada para manipular a la población. Pero sí implica que los incentivos estructurales del sistema favorecen la amplificación del miedo.
El resultado es una arquitectura digital que tiende a privilegiar narrativas alarmistas, polarizadas o conspirativas. En otras palabras, el miedo se convierte en un recurso económico.
Inteligencia artificial y la fabricación de realidad
La irrupción de la inteligencia artificial generativa marca un nuevo punto de inflexión, con sistemas capaces de generar texto, imágenes, voz y video pueden producir contenido en volúmenes masivos.
Esto tiene consecuencias profundas porque por primera vez en la historia, la producción de información puede ser completamente automatizada. Esto significa que campañas de desinformación que antes requerían grandes recursos humanos pueden ser ejecutadas con costos mínimos.
Las implicaciones políticas son enormes.
Un actor estatal o privado podría generar miles de artículos falsos, videos manipulados o perfiles digitales simulados capaces de influir en debates públicos. La línea entre información auténtica y contenido sintético comienza a difuminarse.
Si Hobbes temía que los hombres obedecieran a voces invisibles que decían hablar en nombre de Dios, el mundo contemporáneo enfrenta un problema análogo: voces artificiales que pueden hablar en nombre de cualquiera.
América Latina: un laboratorio del Leviatán digital
América Latina presenta un contexto especialmente vulnerable frente a estas dinámicas. La región combina varios factores que amplifican el impacto de la desinformación digital:
- alta desigualdad económica
- corrupción institucional
- polarización política
- baja confianza en las instituciones
- fuerte dependencia de redes sociales para informarse
En muchos países latinoamericanos, plataformas como WhatsApp se han convertido en el principal canal de distribución de información política.
Esto crea un entorno donde rumores, noticias falsas y campañas de manipulación pueden propagarse rápidamente en redes privadas difíciles de monitorear.
Durante procesos electorales en varios países de la región, investigaciones periodísticas han documentado el uso sistemático de bots, campañas de desinformación y manipulación digital.
El resultado es un ecosistema comunicacional donde la frontera entre propaganda, rumor y noticia se vuelve difusa. En este contexto, la arquitectura digital global interactúa con estructuras locales de poder.
La desinformación no surge solo desde plataformas tecnológicas. También puede ser utilizada estratégicamente por actores políticos, económicos o mediáticos.
El nuevo clero tecnológico
Si seguimos la analogía hobbesiana, las Big Tech ocupan hoy una posición similar a la del clero medieval. No porque administren sacramentos, sino porque administran la infraestructura del conocimiento.
Empresas como Google, Meta, Amazon o Microsoft controlan gran parte de la infraestructura digital global:
- motores de búsqueda
- redes sociales
- plataformas de video
- servicios de nube
- sistemas de inteligencia artificial
Estas empresas no solo distribuyen información; también definen las reglas de los sistemas que la distribuyen.
Los algoritmos que determinan qué contenido aparece en una búsqueda o en un feed social no son públicos. Son propiedad privada. Esto crea una situación inédita en la historia de la comunicación.
Gran parte del flujo global de información está mediado por sistemas cuyo funcionamiento exacto permanece fuera del escrutinio público. En términos hobbesianos, podría decirse que una parte significativa del imaginario colectivo global está siendo moldeada por infraestructuras privadas de información.
Automatización, desempleo y ansiedad social
La inteligencia artificial no solo plantea desafíos epistemológicos. También plantea desafíos económicos. La automatización impulsada por IA amenaza con transformar profundamente el mercado laboral.
Sectores completos podrían experimentar reducciones significativas de empleo a medida que tareas cognitivas sean automatizadas. Esto genera nuevas formas de ansiedad social.
El miedo a la automatización, al desempleo tecnológico y a la pérdida de relevancia humana se convierte en un nuevo elemento del imaginario colectivo. Paradójicamente, la misma tecnología que produce estas transformaciones también amplifica el debate sobre ellas.
En redes sociales, foros y medios digitales, narrativas sobre el futuro del trabajo circulan constantemente, muchas veces mezclando análisis rigurosos con especulación alarmista.
Deshumanización y mediación tecnológica
Otro fenómeno relevante es la creciente mediación tecnológica de la experiencia humana. Cada vez más interacciones sociales, laborales y culturales se realizan a través de plataformas digitales.
Esto cambió la forma en que las personas perciben a los demás. La comunicación digital tiende a reducir la complejidad de las interacciones humanas, facilitando dinámicas de polarización y deshumanización.
En entornos donde las personas interactúan principalmente a través de textos, imágenes o perfiles digitales, es más fácil percibir al otro como una abstracción. Esto contribuye a dinámicas de conflicto y radicalización.
Conclusión: el desafío de la claridad
Hobbes creía que el antídoto contra el reino de las tinieblas era la claridad. Despojar a las palabras de su ambigüedad, exponer los mecanismos del poder y reducir el espacio para la manipulación de la imaginación.
En la era digital la oscuridad ya no se basa en la escasez de información, sino en el caos de su abundancia, el mismo caos que Hobbes pretendía subsanar con la presencia del Estado. El problema ya no es la ignorancia absoluta, sino la saturación de narrativas contradictorias.
La pregunta central de nuestra época podría formularse en términos hobbesianos: ¿Quién controla aquello que tememos?
En el siglo XVII, esa pregunta apuntaba al poder eclesiástico. En el siglo XXI, apunta cada vez más hacia la infraestructura tecnológica que organiza nuestra percepción del mundo, después de todo el miedo sigue ahí, solo ha cambiado de forma.






