¿Qué es Nostr? tu identidad puede dejar de pertenecer a una plataforma

Clementine Churchill (1885-1977) saluda con la mano a los visitantes que la saludan desde lo alto de un jardín amurallado en Chartwell, Kent, el 11 de junio de 1959. (Foto de Evening Standard/Hulton Archive/Getty Images)

Hay algo curioso en la manera en que hablamos de nuestra vida digital. Decimos mi cuenta de Instagram, mis seguidores, mi perfil, mis publicaciones o mi comunidad con la misma naturalidad con la que hablamos de nuestras fotografías, nuestros libros o nuestro número de teléfono. Durante años hemos construido amistades, conversaciones, archivos personales, reputaciones profesionales y pequeñas comunidades dentro de servicios que sentimos propios, aunque técnicamente casi nunca lo sean.

Nuestra identidad en una red social existe dentro de un sistema administrado por otro. Para participar aceptamos sus mecanismos de registro, sus políticas, sus sistemas de recomendación, sus criterios de moderación y, muchas veces, una maquinaria publicitaria cuya lógica apenas alcanzamos a observar desde fuera.

Esto no significa necesariamente que hayamos sido engañados. El intercambio era bastante claro y, sobre todo, extraordinariamente conveniente: a cambio de nuestros datos, nuestra atención y cierto grado de dependencia recibimos interfaces sencillas, almacenamiento, seguridad, millones de personas ya reunidas en un mismo lugar, mecanismos para recuperar una contraseña olvidada y la posibilidad de participar casi instantáneamente en una conversación mundial.

El acuerdo funcionó tan bien que terminamos dejando de verlo como un acuerdo.

Ahí es donde Nostr resulta interesante.

No porque sea “el futuro de las redes sociales”, ni porque haya descubierto una solución definitiva contra la censura, sino porque obliga a separar elementos que durante años aprendimos a pensar como una sola cosa: nuestra identidad, la aplicación que utilizamos, los servidores que almacenan información, las comunidades a las que pertenecemos y aquello que publicamos.

Al hacerlo aparece una pregunta bastante más grande que el propio protocolo: si una parte creciente de nuestra vida ocurre en Internet, ¿cuánto de nuestra identidad debería depender del lugar desde donde hablamos?

Cuando la identidad precede a la aplicación

Nostr significa Notes and Other Stuff Transmitted by Relays. Su nombre no ayuda demasiado a imaginar lo que propone y, al entrar por primera vez, muchas de sus aplicaciones tampoco parecen especialmente exóticas. Hay perfiles, publicaciones, respuestas, contactos y feeds. Algunos clientes recuerdan inevitablemente a Twitter y, si nos quedamos en la superficie, sería fácil describir Nostr simplemente como otra red social descentralizada.

El problema es que Nostr no es una aplicación.

Es un protocolo.

Su unidad básica es un evento: una estructura de datos firmada criptográficamente que contiene información como quién la creó, cuándo fue creada y cuál es su contenido. Cada usuario dispone de un par de claves. Una clave pública permite identificarlo y una clave privada permite demostrar criptográficamente que determinadas publicaciones proceden de esa identidad. Las aplicaciones, llamadas clientes, consultan y envían estos eventos a servidores conocidos como relays.

Hasta aquí la diferencia parece puramente técnica. Sin embargo, comienza a volverse socialmente interesante cuando pensamos en el orden de las cosas.

En una plataforma tradicional primero existe Instagram, TikTok o X y después existe nuestra cuenta dentro de ella. Nuestra identidad nace en la plataforma y depende de la continuidad de esa relación. En Nostr la idea se invierte: existe primero una identidad criptográfica y después podemos decidir mediante qué cliente queremos relacionarnos con la red y a qué infraestructura queremos conectarnos.

Por supuesto, eso no significa que todos los clientes sean iguales ni que la experiencia sea perfectamente portable. Hay diferencias de interfaz, de funciones, de descubrimiento y hasta de la manera en que determinada información es recopilada desde los relays. Lo importante es otra cosa: la aplicación deja de ser el lugar fundamental donde esa persona digital existe.

Podemos cambiar la ventana sin tener que convertirnos nuevamente en otra persona.

Esa pequeña separación conceptual puede parecer trivial hasta que la comparamos con lo que hemos aprendido a considerar normal durante los últimos quince años.

El precio de una Internet cómoda

Las grandes plataformas sociales no se convirtieron en centros de nuestra vida digital únicamente porque tuvieran dinero, poder o algoritmos. También resolvieron problemas difíciles.

Encontrar personas es difícil. Mantener servidores es difícil. Combatir spam es difícil. Moderar comunidades de millones de personas es difícil. Construir sistemas de recomendación capaces de abrir una aplicación y mostrarnos algo relevante en cuestión de segundos requiere infraestructura, datos y trabajo continuo.

Las plataformas hicieron gran parte de ese esfuerzo por nosotros y, al hacerlo, redujeron enormemente el costo de participar en Internet. Ya no necesitamos saber dónde está una publicación, qué servidor la aloja ni qué aplicación utiliza otra persona. Abrimos Instagram y allí están nuestros amigos. Abrimos LinkedIn y allí están nuestros colegas. Abrimos TikTok y una máquina ya ha seleccionado cientos de videos que probablemente nos interesarán.

Esa comodidad produjo también una nueva esfera de poder, porque identidad e infraestructura terminaron creciendo juntas.

Abandonar una plataforma no consiste solamente en aprender otra interfaz. Significa dejar atrás contactos, reconocimiento, audiencia, conversaciones acumuladas y, sobre todo, a las personas que siguen allí. Una red social obtiene buena parte de su valor precisamente porque los demás también la utilizan.

Por eso quizás conviene pensar el FOMO no únicamente como una debilidad psicológica. Hay una lógica bastante racional en permanecer donde ocurre la vida social. Podemos desconfiar de una plataforma y seguir utilizándola porque allí están nuestros amigos, nuestros clientes, los músicos que seguimos, periodistas, familiares y comunidades.

En ese contexto, la libertad de abandonar una plataforma puede ser bastante teórica. Podemos marcharnos, pero el costo social de hacerlo puede ser enorme.

Nostr no elimina ese problema. Si nadie que conocemos utiliza el protocolo, nuestra capacidad para llevar allí nuestra identidad no produce mágicamente una comunidad. Sin embargo, introduce una posibilidad que modifica el problema: salir de una aplicación no tiene por qué significar abandonar también nuestra identidad.

Dentro de Nostr es relativamente habitual que una persona utilice varios clientes. Puede abrir Primal en un dispositivo, Amethyst en otro o probar una interfaz completamente distinta sin crear una nueva identidad desde cero. La práctica es todavía imperfecta y existen diferencias entre aplicaciones, pero la lógica cultural que aparece detrás resulta extraña para quienes venimos de las redes convencionales.

No solemos pensar: “voy a utilizar otra aplicación para acceder a mi Instagram, pero seguiré siendo la misma persona en la misma red”. En el ecosistema Nostr, en cambio, esa separación forma parte de la experiencia cotidiana.

El cliente se parece menos a una patria digital y más a una ventana.

La autonomía necesita aprendizaje

Ese cambio tiene un costo que aparece rápidamente cuando uno comienza a explorar el ecosistema.

El vocabulario se llena de palabras nuevas: npub, nsec, relays, NIPs, signers, bunkers. Conceptos que una plataforma tradicional mantiene ocultos empiezan a aparecer delante del usuario. Lo que antes ocurría silenciosamente dentro de una empresa comienza a convertirse en decisiones que alguien debe comprender.

La clave pública puede compartirse y funciona como identificador. La privada permite firmar acciones en nombre de esa identidad y, por lo tanto, necesita ser protegida con mucho más cuidado.

Aquí aparece probablemente el contrapunto más importante de Nostr: recuperar autonomía significa recuperar también responsabilidades.

Las plataformas nos acostumbraron a poder olvidar. Si perdemos una contraseña existen correos de recuperación, números telefónicos, mecanismos de identificación y equipos de soporte. Podemos cambiar de teléfono o incluso olvidar por completo nuestras credenciales y confiar en que una institución detrás del servicio intentará devolvernos el acceso.

Una identidad criptográfica modifica esa relación. La clave privada es poderosa precisamente porque no necesita que una empresa certifique constantemente quiénes somos, pero esa misma independencia hace que su custodia resulte mucho más importante.

La propia evolución técnica de Nostr refleja esta preocupación. Existen propuestas para utilizar firmadores externos y mecanismos que permiten autorizar acciones sin entregar la clave privada directamente a cada aplicación. No es un detalle menor: mientras más lugares tengan acceso a una credencial capaz de representar nuestra identidad, mayor es también la superficie de riesgo.

Desde la perspectiva de alguien acostumbrado a Instagram, todo esto puede parecer innecesariamente complicado. Y probablemente lo sea para muchos usuarios actuales.

Pero también permite formular una pregunta que solemos evitar cuando hablamos de usabilidad: ¿cuántas de las comodidades digitales que consideramos naturales dependen precisamente de haber delegado responsabilidades?

Nos acostumbramos tanto a que otros administraran esas complejidades que volver a encontrarnos con ellas puede sentirse como una falla de diseño. Sin embargo, autonomía y comodidad rara vez crecen en la misma dirección de manera indefinida. Administrar un servidor exige más trabajo que abrir una cuenta. Cuidar una clave privada exige más atención que delegar la recuperación de contraseña. Elegir infraestructura exige comprender al menos una parte de lo que ocurre debajo de la interfaz.

Por eso quizá no sea especialmente útil preguntar si Nostr es “más fácil” o “más difícil” que una red tradicional. La pregunta interesante es cuánto conocimiento estamos dispuestos a adquirir a cambio de recuperar capacidad de decisión.

Descentralizar no significa eliminar el poder

La palabra censura aparece con frecuencia alrededor de Nostr y aquí conviene desconfiar de las respuestas demasiado sencillas.

Una arquitectura descentralizada no significa que todo contenido vaya a estar disponible en todas partes ni que toda comunidad tenga que aceptar cualquier publicación. Los relays pueden tener políticas diferentes y decidir qué eventos almacenan. Los clientes pueden determinar qué muestran. Los usuarios pueden bloquear o silenciar cuentas, palabras y contenidos. Las comunidades pueden establecer reglas y mecanismos de moderación.

La gobernanza no desaparece.

Lo que cambia es su forma.

Una persona puede firmar una publicación y un relay puede rechazarla mientras otro decide almacenarla. Un cliente puede decidir no mostrarla. Una comunidad puede considerarla inaceptable. Otros usuarios pueden bloquearla y, por supuesto, nadie puede obligar a una audiencia a prestar atención.

Esa distinción es importante porque libertad de expresión, distribución y audiencia no son la misma cosa.

Nostr no garantiza que todo el mundo pueda decir cualquier cosa frente a todo el mundo. Lo que intenta evitar es que una sola autoridad controle necesariamente, al mismo tiempo, la identidad del usuario, el lugar donde publica, la infraestructura que transporta sus mensajes y su capacidad de utilizar otras aplicaciones.

Visto desde ahí, el cambio es menos espectacular que la promesa de una red “incensurable”, pero también mucho más plausible.

La descentralización no elimina el poder. Lo redistribuye y, al hacerlo, permite observarlo con más claridad.

Los operadores de relays tienen poder. Los desarrolladores de clientes tienen poder. Las interfaces que organizan la información tienen poder. Quienes construyen sistemas de reputación o descubrimiento también lo tienen. El protocolo no crea una sociedad sin jerarquías; simplemente evita que todas esas funciones tengan necesariamente que pertenecer a la misma institución.

Ser alguien no es lo mismo que ser reconocido

La separación entre identidad y plataforma abre otro problema todavía más interesante: tener una identidad persistente no significa poseer automáticamente una reputación.

Una clave criptográfica puede demostrar que determinadas publicaciones proceden de la misma identidad, pero no puede demostrar por sí sola que esa persona sea confiable, competente, interesante o que sea quien afirma ser en el mundo físico.

La reputación necesita relaciones, tiempo y que otros reconozcan algo en nosotros.

Nostr dispone de mecanismos para asociar identidades con dominios y existen propuestas para construir sistemas de confianza y reputación. Pero el simple hecho de que estas soluciones tengan que diseñarse vuelve visible una parte de Internet que normalmente permanece oculta.

En las plataformas convencionales vemos seguidores, visualizaciones, tendencias y recomendaciones como si fueran propiedades naturales de una persona. Alguien “tiene” cien mil seguidores. Una publicación “tiene” un millón de visitas.

Sin embargo, esos números siempre dependen de una infraestructura que decide cómo contarlos.

Dentro de Nostr esa mediación se vuelve más evidente porque distintos clientes pueden consultar relays diferentes o interpretar información de maneras distintas. Incluso algo aparentemente simple como el número de seguidores puede no aparecer idéntico en todas las interfaces.

A primera vista parece una deficiencia. También es una revelación.

Nos recuerda que la reputación digital nunca fue simplemente un número adherido a nuestra identidad. Siempre fue el resultado de relaciones, bases de datos, reglas de conteo, algoritmos y decisiones de diseño.

Cuando la infraestructura se fragmenta, esas decisiones dejan de parecer naturales.

La identidad como infraestructura personal

Quizás aquí aparece la idea más fértil que Nostr permite explorar.

¿Y si nuestra identidad digital pudiera entenderse como una infraestructura personal?

No necesariamente como una propiedad jurídica ni como un activo financiero. Más bien como una continuidad capaz de acompañarnos entre herramientas distintas.

Internet nos ha permitido construir versiones públicas de nosotros mismos con una profundidad que habría resultado difícil de imaginar hace algunas décadas. Un programador mantiene proyectos durante años. Una ilustradora construye un archivo completo de su obra. Alguien escribe sobre música, videojuegos o política durante una década. Otra persona participa diariamente en una pequeña comunidad sobre jardinería, Linux o fotografía.

No hace falta ser influencer para que esto tenga valor.

Cada publicación, conversación, amistad e interés va formando una trayectoria reconocible. A veces usamos la expresión “marca personal” para describirla, pero esa idea suele reducir demasiado el fenómeno porque lo interpreta únicamente desde el mercado.

Lo que hacemos en Internet es también una forma de narrarnos.

Elegimos qué mostrar, qué recordar, qué aprender, con quién relacionarnos y qué partes de nuestra personalidad hacemos públicas. Nuestra identidad digital puede tener valor económico, pero también social, intelectual, afectivo y cultural.

Si esa identidad se vuelve cada vez más importante para nuestra manera de existir frente a otros, entonces resulta razonable preguntarse por qué debería depender completamente de una aplicación.

Nostr no resuelve esa pregunta, pero ensaya una respuesta: permitir que la identidad exista antes que la interfaz utilizada para expresarla.

La publicidad tampoco es una ley de Internet

Esta separación permite cuestionar otra equivalencia que hemos naturalizado: la idea de que una red social necesariamente debe consistir en un feed optimizado para mantener nuestra atención y financiado mediante publicidad.

Las plataformas actuales desarrollaron una economía extremadamente sofisticada alrededor de nuestra permanencia. Cuanto más tiempo permanecemos dentro de la aplicación, más oportunidades existen para mostrarnos anuncios, recopilar señales y perfeccionar las recomendaciones.

Con el tiempo, ese modelo económico terminó influyendo también en la forma cultural de Internet. La publicación breve, el video que empieza inmediatamente, la recomendación automática y el desplazamiento infinito no son únicamente decisiones estéticas; pertenecen a una manera específica de organizar la atención.

Nostr permite experimentar con otros modelos. Algunos clientes se presentan explícitamente como espacios sin publicidad y el protocolo ha incorporado mecanismos como los zaps, pequeños pagos realizados mediante Lightning que pueden dirigirse a personas o publicaciones.

Esto no significa que el dinero desaparezca ni que hayamos encontrado un sistema económico superior. Los clientes necesitan recursos para mantenerse, algunos relays pueden cobrar por sus servicios y cualquier modelo alternativo traerá consigo nuevos incentivos, desigualdades y formas de concentración.

Lo valioso es que la arquitectura vuelve a abrir una pregunta que parecía resuelta: ¿la publicidad conductual tiene que ser necesariamente el precio de nuestra vida social en Internet?

Quizá no.

Y simplemente poder experimentar con otra respuesta ya cambia algo.

Una Internet que todavía se puede explorar

Después de pasar suficiente tiempo mirando Nostr, lo que queda no es necesariamente la impresión de estar contemplando el reemplazo de las redes sociales. El ecosistema sigue teniendo fricciones evidentes. La incorporación puede resultar confusa, la gestión de claves exige aprendizaje y el descubrimiento de contenido no siempre alcanza la eficacia casi inquietante de los grandes algoritmos comerciales.

Las plataformas tradicionales son extraordinariamente buenas encontrando algo que queremos mirar antes incluso de que sepamos que queríamos mirarlo.

Ese talento explica buena parte del éxito del modelo.

Pero Nostr tiene otra cualidad que resulta difícil medir con estadísticas de crecimiento: devuelve una pequeña sensación de exploración.

Hay clientes distintos intentando resolver el mismo problema de maneras diferentes. Hay relays especializados, herramientas experimentales, interfaces buenas y malas, propuestas que desaparecen y otras que encuentran comunidades inesperadas. Los usuarios discuten cómo deberían funcionar las cosas porque todavía no existe una única respuesta consolidada.

Hay cierta torpeza en todo eso, pero también algo familiar para quienes recuerdan una Internet menos homogénea.

Durante los últimos años, para muchas personas la red terminó reduciéndose a cinco o seis aplicaciones extraordinariamente pulidas. Abrimos una, desplazamos el dedo, cerramos. Abrimos otra y repetimos el mismo gesto. Cambian los contenidos y las marcas, pero gran parte de la experiencia permanece igual.

Nostr tampoco escapa completamente de esa lógica. Muchos de sus clientes utilizan feeds, likes, perfiles y respuestas porque son convenciones que funcionan y que las personas ya comprenden. La diferencia está debajo: el cliente no tiene que ser la red, el relay no tiene que ser la comunidad y nuestra identidad no tiene que agotarse dentro de una aplicación.

Eso no parece una revolución cuando se observa desde una pantalla.

Quizá por eso vale la pena prestarle atención.

¿Nostr nos libera de algo?

Probablemente sí, pero no de todo aquello que sus defensores más entusiastas podrían desear.

No nos libera de la moderación, porque cualquier comunidad necesita tomar decisiones sobre sí misma. Tampoco elimina las relaciones de poder, que pueden reaparecer en clientes populares, operadores de infraestructura, sistemas de reputación o mecanismos de descubrimiento. No elimina el deseo de estar donde están nuestros amigos ni resuelve automáticamente la dificultad de encontrar contenido relevante.

Y, sobre todo, no nos libera de la responsabilidad. Hace casi lo contrario: devuelve una parte de ella al individuo.

Lo que Nostr sí parece ofrecer es capacidad de separación. Permite imaginar una identidad que no dependa completamente de una plataforma, publicaciones que puedan circular por más de una infraestructura, formas de moderación que no tengan que convertirse en autoridad universal y aplicaciones que podamos abandonar sin que nuestra existencia digital tenga que desaparecer con ellas.

No sabemos si este modelo conseguirá convertirse algún día en una experiencia suficientemente sencilla para millones de personas. Tampoco sabemos si sus actuales formas de descentralización evitarán que aparezcan nuevos centros de poder. Sería extraño que no aparecieran.

Pero quizá el valor de Nostr no dependa de que gane esa competencia.

Puede bastar con que nos recuerde que el acuerdo que hicimos con las grandes plataformas no es una ley natural de Internet. Entregamos datos, atención y cierta capacidad de decisión porque a cambio obtuvimos comodidad, seguridad, descubrimiento y acceso inmediato a los demás. Durante mucho tiempo pudo haber sido un intercambio perfectamente razonable.

Ahora tenemos otras herramientas y podemos volver a examinarlo.

No hace falta abandonar Instagram mañana ni convencer a nuestros amigos de aprender criptografía. Podemos comenzar de una manera mucho menos dramática: abrir otro cliente, entender qué es una clave, descubrir qué hace un relay y experimentar durante un tiempo con una arquitectura que organiza de otra manera cosas que creíamos inseparables.

Quizá lo más valioso sea precisamente recuperar esa disposición a probar.

Internet no nació como una cinta transportadora infinita donde el contenido desfila frente a nosotros hasta que dejamos de mirar. También puede ser un lugar para explorar herramientas extrañas, encontrarnos con comunidades pequeñas, equivocarnos, aprender y descubrir maneras distintas de relacionarnos.

Nostr puede triunfar o desaparecer. Algunos de sus clientes actuales seguramente no existirán dentro de diez años y buena parte de sus soluciones técnicas probablemente cambiará.

La pregunta que deja detrás es más difícil de descartar.

Si nuestra identidad digital forma cada vez más parte de quienes somos, quizá deberíamos poder decidir con mayor libertad dónde expresarla, cómo trasladarla y qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir para conservarla.