Editorial: Dick Cheney y la arquitectura de la guerra eterna (1941–2025)

Richard Bruce Cheney (30 de enero de 1941 – 3 de noviembre de 2025) político y empresario estadounidense que se desempeñó como el 46.º vicepresidente de los Estados Unidos

El exvicepresidente estadounidense Richard “Dick” Cheney falleció el pasado 3 de noviembre de 2025 a los 84 años, víctima de neumonía y enfermedades cardiovasculares. Su muerte marca el fin de una era en la que el poder ejecutivo estadounidense alcanzó un grado de secretismo y autoritarismo sin precedentes. Cheney fue el principal artífice de la “guerra contra el terrorismo” tras los atentados del 11 de septiembre, una campaña que legitimó la tortura, la guerra preventiva y la vigilancia masiva bajo el argumento de la seguridad nacional.

De la prudencia al radicalismo

Antes del 11-S, Cheney representaba la voz del realismo militar. Durante la Guerra del Golfo de 1991, se opuso a invadir Irak por temor a un conflicto prolongado y costoso. Sin embargo, tras los ataques de 2001, abandonó esa cautela y abrazó una doctrina de poder sin restricciones. Afirmó que Estados Unidos debía “operar en la zona oscura”, un eufemismo para justificar cualquier medio con tal de alcanzar sus fines.

Su asesor David Addington, junto a los abogados John Yoo y Jay Bybee, redactaron memorandos que buscaban reinterpretar la ley para permitir la tortura y negar los derechos de los prisioneros de guerra. Con esa cobertura legal, Cheney avaló el programa secreto de detención e interrogatorio de la CIA, donde se practicaron técnicas como el ahogamiento simulado (waterboarding), catalogadas desde hace décadas como tortura por tribunales internacionales y la propia legislación estadounidense.

La institucionalización de la tortura

Cheney no solo defendió públicamente estas prácticas, sino que las justificó como “necesarias”. Ignoró advertencias del Departamento de Estado y se amparó en teorías legales extremas para proteger al presidente y a sí mismo de posibles cargos, permitiendo la institucionalización de la tortura como herramienta política.

El Comité de Servicios Armados del Senado concluyó que su apoyo a métodos agresivos envió el mensaje de que el abuso físico era aceptable. Amnistía Internacional lo calificó como “uno de los principales arquitectos de una política que equivalía a tortura”.

De Bagdad a Kabul: el costo humano

En 1994, Cheney advirtió que ocupar Irak sería un error estratégico. En 2003, se convirtió en el principal defensor de la invasión, asegurando falsamente que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaeda. Esas mentiras costaron la vida a cientos de miles de civiles y desestabilizaron todo Oriente Medio.

El proyecto “Costos de la Guerra” de la Universidad de Brown estima que más de 940.000 personas murieron directamente por la violencia derivada de las guerras posteriores al 11-S, incluyendo Irak, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán. Si se incluyen las muertes indirectas, la cifra se eleva a varios millones. Estas guerras también costaron alrededor de 8 billones de dólares, una carga económica que Estados Unidos seguirá pagando durante décadas.

El Estado de vigilancia

Cheney fue uno de los mayores defensores de la Ley Patriota, aprobada en 2001, que amplió los poderes de vigilancia del gobierno sobre los ciudadanos estadounidenses. Promovió escuchas sin orden judicial, registros secretos y recopilación masiva de datos. Para él, la libertad debía sacrificarse en nombre de la seguridad.

La ACLU (Unión Estadounidense por las Libertades Civiles) advirtió que estas disposiciones erosionaban los derechos constitucionales básicos, convirtiendo la privacidad en una ilusión. El resultado fue un país permanentemente vigilado, donde el miedo justificó el control.

El poder sin límites

Cheney impulsó la doctrina del “ejecutivo unitario”, una interpretación extrema según la cual el presidente concentra todo el poder dentro del Ejecutivo y no puede ser limitado por el Congreso ni por los tribunales en tiempos de guerra. Esa visión permitió a la administración Bush actuar al margen de la ley internacional y los derechos humanos.

El jurista Martin Lederman señaló que Cheney marginó deliberadamente las opiniones disidentes dentro del gobierno, creando un sistema donde la lealtad superaba a la legalidad. En palabras del analista Chip Gibbons, Cheney fue “el enemigo de la democracia que convirtió la guerra, la detención indefinida y la tortura en pilares del poder estadounidense”.

El legado de la oscuridad

Las políticas de Cheney dejaron un rastro de muerte, deuda y desconfianza. Las guerras que promovió no trajeron seguridad ni libertad, sino la expansión del autoritarismo global. Las democracias occidentales copiaron sus métodos de vigilancia, y los abusos cometidos bajo su mandato permanecen impunes.

Su figura encarna al político que, convencido de su propia rectitud, impuso al mundo un modelo basado en el miedo y la fuerza. En nombre de proteger la libertad de los estadounidenses, Cheney destruyó la de millones de personas. Su legado es el de una época en la que el fin justificó todos los medios, y el resultado fue la pérdida del espíritu moral de Occidente.

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