Violencia contra los Cristianos: una cronología que no debemos ignorar

Violencia contra los Cristianos: una cronología que no debemos ignorar

Desde Mosul hasta Jerusalén, los ataques contra comunidades cristianas revelan una intolerancia que prospera entre el fanatismo, la impunidad y el silencio.

Las tragedias que no alimentan nuestras guerras culturales suelen desaparecer rápidamente del algoritmo. Una iglesia atacada puede ocupar durante algunas horas las portadas, circular entre fotografías, cifras y declaraciones oficiales, y luego hundirse bajo la siguiente emergencia. Las víctimas permanecen, pero la atención se marcha.

Durante los últimos doce años, comunidades cristianas de Irak, Siria, Libia, Egipto, Sri Lanka, Nigeria, Burkina Faso, Pakistán, la República Democrática del Congo, Nicaragua, India e Israel han experimentado asesinatos, atentados, desplazamientos, amenazas, encarcelamientos y ataques contra sus lugares de culto.

No son episodios lejanos pertenecientes a una época en la que la humanidad todavía no había aprendido a convivir. Suceden ahora, en sociedades conectadas, vigiladas por satélites y saturadas de información. Suceden ante nuestros ojos y, a menudo, frente a nuestra indiferencia.

Esta cronología no busca establecer una competencia entre dolores ni convertir la fe en un instrumento político. Busca nombrar a una minoría vulnerable allí donde ser cristiano puede significar perder la casa, la libertad o la vida.

2014: Mosul y la expulsión de una comunidad milenaria

En junio de 2014, el Estado Islámico tomó Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak. Poco después comenzó una campaña sistemática contra las minorías religiosas de la región. Los cristianos recibieron ultimátums, abandonaron sus viviendas y huyeron hacia territorios más seguros. Iglesias, monasterios, objetos religiosos y propiedades particulares fueron destruidos, ocupados o confiscados.

No se trataba de una comunidad recién llegada. Los cristianos asirios, caldeos y siríacos habían formado parte de la historia de Mesopotamia durante casi dos mil años. Sin embargo, en cuestión de semanas, una presencia humana anterior a muchas fronteras modernas fue arrancada de su territorio.

Un informe de la Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional describe la campaña iniciada por el Estado Islámico en 2014 como una persecución sistemática contra cristianos, yazidíes, chiíes y otras comunidades religiosas y étnicas de Irak.

La violencia no solo pretendía dominar un territorio. También buscaba borrar la memoria de quienes lo habían habitado.

2015: trabajadores cristianos asesinados en Libia

En febrero de 2015, veintiún trabajadores cristianos —veinte egipcios coptos y un ciudadano de Ghana— fueron asesinados por militantes vinculados al Estado Islámico en Libia. Habían emigrado para trabajar y sostener económicamente a sus familias.

Su vulnerabilidad era doble: eran extranjeros pobres en un país fragmentado por la guerra y pertenecían a una minoría religiosa que podía ser identificada y utilizada como símbolo por una organización extremista. El crimen fue difundido deliberadamente como propaganda, convirtiendo la muerte de personas reales en un producto diseñado para provocar miedo y obtener atención internacional.

Aquí aparece uno de los rasgos más perturbadores de la violencia contemporánea: ya no basta con destruir una vida. También se busca transformar su destrucción en contenido.

2017: el Domingo de Ramos de los cristianos coptos

El 9 de abril de 2017, dos iglesias coptas fueron atacadas durante las celebraciones del Domingo de Ramos en las ciudades egipcias de Tanta y Alejandría. Al menos 45 personas murieron.

Las víctimas se habían reunido para comenzar la Semana Santa. No estaban participando en una confrontación política ni en una operación militar. Estaban cantando, rezando y compartiendo una ceremonia religiosa.

Human Rights Watch advirtió entonces que los ataques representaban una escalada de las amenazas contra la minoría cristiana de Egipto y cuestionó la capacidad de las autoridades para proteger adecuadamente sus lugares de culto.

Atacar una iglesia durante una celebración no es solamente atacar a quienes se encuentran dentro. Es enviar un mensaje a toda una comunidad: ningún espacio es suficientemente sagrado para estar a salvo.

2019: la Pascua ensangrentada de Sri Lanka

El 21 de abril de 2019, una serie coordinada de atentados golpeó tres iglesias y tres hoteles en Sri Lanka durante el Domingo de Resurrección. Más de 250 personas murieron y cientos resultaron heridas.

Las explosiones alcanzaron templos católicos y evangélicos en Colombo, Negombo y Batticaloa. Muchas familias habían acudido juntas a las celebraciones de Pascua. Amnistía Internacional confirmó que los ataques contra las iglesias y los hoteles dejaron más de 250 fallecidos.

Años después, las familias de las víctimas todavía exigen claridad sobre las fallas de inteligencia, las advertencias que no fueron atendidas y las responsabilidades institucionales. Human Rights Watch señaló en 2025 que no se observaban avances suficientes en la investigación prometida sobre los atentados.

La intolerancia mata, pero la negligencia también puede preparar el terreno para que esa violencia ocurra.

2023: Navidad en Nigeria e iglesias incendiadas en Pakistán

Entre el 23 y el 25 de diciembre de 2023, grupos armados atacaron más de veinte comunidades de los distritos de Bokkos y Barkin-Ladi, en el estado nigeriano de Plateau. Amnistía Internacional estimó que la cifra de muertos superó las 190 personas y denunció graves fallas de seguridad antes y durante los ataques.

Nigeria se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo para numerosas comunidades cristianas. Iglesias, aldeas, escuelas y líderes religiosos han sido atacados o secuestrados por organizaciones yihadistas, milicias y grupos armados. La Comisión estadounidense sobre libertad religiosa sostiene que el gobierno nigeriano no ha respondido adecuadamente ni ha conseguido responsabilizar a muchos de los perpetradores.

Ese mismo año, en agosto, una acusación de blasfemia desató una movilización violenta contra el barrio cristiano de Jaranwala, en Pakistán. Iglesias y viviendas fueron incendiadas o saqueadas, mientras numerosas familias huían de sus casas. No se informaron víctimas fatales, pero la comunidad perdió templos, pertenencias y la seguridad elemental de poder seguir viviendo entre sus vecinos.

Una acusación bastó para suspender la civilidad. La sospecha reemplazó a la justicia y la multitud se adjudicó el derecho de castigar a una comunidad completa.

2024: rezar se vuelve peligroso en Burkina Faso

El 25 de febrero de 2024, hombres armados atacaron una reunión católica dominical en Essakane, al norte de Burkina Faso. Quince personas murieron.

Era una pequeña comunidad que se había reunido para orar en una región debilitada por la expansión de organizaciones extremistas y por la incapacidad del Estado para controlar amplias zonas de su territorio.

En lugares como Burkina Faso, la violencia no necesita conquistar las grandes ciudades para transformar una sociedad. Basta con cerrar los caminos, sembrar temor en las aldeas y convertir una reunión religiosa en una decisión potencialmente mortal.

Cuando una persona debe preguntarse si acudir a su iglesia puede costarle la vida, la libertad religiosa ya ha dejado de existir en la práctica.

2025: una iglesia atacada en la República Democrática del Congo

Durante la noche del 26 al 27 de julio de 2025, integrantes de las Fuerzas Democráticas Aliadas, un grupo vinculado al Estado Islámico, atacaron una reunión en una iglesia católica de Komanda, en el este de la República Democrática del Congo.

Human Rights Watch documentó más de cuarenta personas asesinadas, entre ellas varios menores, además de secuestros y desapariciones.

La noticia atravesó brevemente los medios internacionales antes de desaparecer bajo otras guerras, otras cifras y otras urgencias. Pero para Komanda no fue una noticia pasajera. Fue una generación herida, una congregación desmembrada y otra demostración de que la ausencia sostenida del Estado termina convirtiéndose en permiso para los violentos.

2026: hostigamiento en Tierra Santa y una cifra mundial inquietante

En julio de 2026, una investigación de The Washington Post documentó agresiones, hostigamiento y ataques contra cristianos en Israel, atribuidos a sectores ultranacionalistas y extremistas. Miembros del clero, religiosos y creyentes denunciaron insultos, escupitajos, violencia física y daños contra propiedades cristianas, junto con una respuesta oficial considerada insuficiente.

En abril, un ciudadano israelí fue acusado formalmente de agredir a una religiosa católica cerca de la Ciudad Vieja de Jerusalén. La acusación incluyó la posible motivación de hostilidad religiosa.

Resulta especialmente doloroso que estas expresiones de intolerancia ocurran en una tierra sagrada para judíos, cristianos y musulmanes. Los lugares que deberían recordar la profundidad espiritual de la humanidad están siendo utilizados, una vez más, como escenarios de exclusión.

Los Números

Los datos mundiales completan el panorama. La organización Open Doors registró, para su periodo comprendido entre octubre de 2024 y septiembre de 2025, 4.849 cristianos asesinados por motivos relacionados con su fe, 4.712 detenidos y 3.632 iglesias o propiedades cristianas atacadas. De las muertes contabilizadas, 4.491 ocurrieron en África subsahariana y 3.490 correspondieron a Nigeria.

Son estimaciones elaboradas por una organización cristiana y deben entenderse desde su metodología. Pero incluso aceptando las limitaciones propias de cualquier registro internacional, las cifras revelan una realidad difícil de negar: miles de personas continúan pagando un precio por reunirse, creer, enseñar o identificarse públicamente como cristianas.

La civilización comienza con la manera en que tratamos al vulnerable

La civilidad no se demuestra cuando respetamos a quienes se parecen a nosotros, votan como nosotros o comparten nuestras creencias. Se demuestra cuando una sociedad protege a quien podría ser despreciado por la mayoría.

La intolerancia rara vez comienza con una matanza. Comienza con palabras que convierten a ciertas personas en intrusas. Continúa con burlas, sospechas, restricciones y pequeñas humillaciones socialmente aceptadas. Después vienen las amenazas, las ventanas rotas, los templos incendiados y las familias obligadas a marcharse.

Cuando la sociedad finalmente observa la violencia, suele actuar como si hubiera aparecido de la nada.

Levítico 19:33-34 plantea una exigencia espiritual y civil que todavía incomoda: no maltratar al extranjero, tratarlo como a uno de los propios y amarlo como a uno mismo, recordando que también nosotros hemos conocido alguna forma de extranjería.

El texto no pide tolerar al vulnerable desde una cómoda superioridad. Exige reconocerlo como semejante. Convierte la memoria del propio desamparo en fundamento de la convivencia.

En Irak, aquellos cristianos fueron convertidos en extranjeros dentro de sus propias ciudades. En Libia eran trabajadores migrantes. En Pakistán tuvieron que abandonar sus casas. En Nigeria y Burkina Faso, comunidades completas descubrieron que el Estado no siempre llegaría a tiempo. En Jerusalén, religiosos y peregrinos han sido hostigados en las calles de una ciudad construida sobre la memoria espiritual del mundo.

Tal vez el peligro más profundo no sea solamente que existan personas capaces de atacar una iglesia. Es que las sociedades puedan acostumbrarse a verlo, explicarlo y finalmente olvidarlo.

Defender a los cristianos perseguidos no significa ignorar el sufrimiento de otras comunidades ni utilizar su dolor contra otra religión. Significa afirmar un principio indivisible: nadie debería ser expulsado, encarcelado, golpeado o asesinado por aquello que cree.

No se trata únicamente de proteger templos. Se trata de recuperar la idea de que la vida del extraño también nos obliga, que la fe ajena no disminuye nuestra propia fe y que una sociedad que abandona a sus minorías termina abandonando aquello que la hacía digna de llamarse civilizada.