AliExpress y el audio oculto para “fingerprinting” de dispositivos: vigilancia, moral y nuestra última libertad

AliExpress y el audio oculto para “fingerprinting” de dispositivos: vigilancia, moral y nuestra última libertad

En agosto de 2026, un desarrollador descubrió algo extraño mientras navegaba por AliExpress. Sus auriculares Bluetooth reaccionaban como si la página estuviera reproduciendo sonido, aunque no había videos, música ni nada audible. Al examinar el código encontró que el sitio utilizaba la Web Audio API para generar una señal que el usuario no podía escuchar, pero que el navegador procesaba igualmente. Las pequeñas variaciones producidas por cada combinación de hardware y software podían incorporarse a una huella digital capaz de ayudar a distinguir un dispositivo de otro.

AliExpress no estaba encendiendo secretamente el micrófono ni escuchando conversaciones. El mecanismo era bastante más sutil: hacía que el propio dispositivo respondiera a una señal y obtenía información de esa respuesta. Sumada a características de pantalla, gráficos, hardware, WebGL, WebRTC y distintos patrones de interacción, aquella señal silenciosa podía formar parte de un perfil técnico mucho más amplio.

El episodio podría quedar reducido a otra discusión sobre privacidad, cookies y navegadores, pero resulta interesante precisamente porque apunta hacia algo mayor. Estamos acostumbrados a pensar que entregamos información cuando escribimos un nombre, aceptamos un permiso o completamos un formulario. Sin embargo, la infraestructura digital ha aprendido a obtener información incluso de aquello que hacemos sin intención de comunicar nada. A veces no hace falta que hablemos: basta con que nuestras máquinas respondan.

Esa pequeña anomalía en una página de comercio electrónico conduce hacia una pregunta bastante antigua: qué ocurre con nuestro comportamiento cuando sentimos que podemos estar siendo observados.

De Bentham a una vigilancia sin torre

A finales del siglo XVIII, Jeremy Bentham imaginó el panóptico, una construcción circular diseñada para permitir que un vigilante situado en una torre central observara a los internos sin que estos pudieran saber exactamente cuándo estaban siendo mirados. Su fuerza no dependía de tener un guardia pendiente de cada persona durante todo el día. Lo importante era producir la posibilidad constante de vigilancia, porque quien no sabe cuándo está siendo observado termina aprendiendo a comportarse como si lo estuviera siempre.

Mucho después, Michel Foucault encontró en aquella arquitectura algo que iba más allá de las prisiones. El panóptico podía servir para pensar instituciones donde la disciplina no necesitaba imponerse mediante una presencia permanente del poder, porque el individuo acababa incorporando parte de ese poder dentro de sí mismo. La vigilancia exterior se transformaba gradualmente en autocontrol.

Pero incluso el inquietante edificio de Bentham tenía una característica tranquilizadora vista desde nuestra época: sabíamos dónde estaba la torre.

Había un centro desde el cual alguien observaba y una periferia ocupada por quienes podían ser observados. Existía una separación relativamente comprensible entre vigilante y vigilado. Buena parte de la infraestructura digital contemporánea ha desordenado esa geometría.

Las plataformas pueden observar a sus usuarios y los Estados pueden ampliar enormemente sus capacidades de vigilancia, pero los ciudadanos también llevan cámaras en el bolsillo. Una empresa puede recopilar información sobre un cliente mientras ese mismo cliente graba el comportamiento de la empresa. Un policía puede registrar una intervención mientras quienes presencian la escena hacen lo mismo desde varios teléfonos. Un político puede presentar una versión de un acontecimiento y encontrarse, pocos minutos después, con imágenes grabadas por una persona desconocida que contradicen su relato.

La torre no ha desaparecido. Se ha multiplicado.

Después del panóptico

Por eso quizá la expresión “panóptico digital” se esté quedando corta. El modelo de Bentham funcionaba gracias a la incertidumbre de quien podía estar siendo observado; el nuestro comienza a incorporar una idea diferente: la conciencia de que casi cualquier acontecimiento puede dejar un registro.

No significa que absolutamente todo esté siendo grabado ni que exista una base de datos omnisciente donde cada segundo de nuestra vida quede almacenado. Esa fantasía sería tan exagerada como poco útil. Lo que sí ha cambiado es nuestra expectativa sobre la permanencia de los actos. Una conversación puede ser registrada, una fotografía reaparecer años después y una escena aparentemente insignificante terminar circulando ante millones de personas.

Byung-Chul Han ha descrito parte de esta transformación mediante la idea de una sociedad de la transparencia en la que el individuo no solo es observado, sino que participa activamente de su propia exposición. Compartimos nuestra ubicación, opiniones, viajes, relaciones, comidas y estados de ánimo, mientras observamos simultáneamente la vida de los demás. La vigilancia deja entonces de ser exclusivamente vertical y adquiere una dimensión horizontal: todos podemos mirar y, potencialmente, todos podemos ser vistos.

Lo curioso es que esta sensación de vivir ante una mirada de la que resulta difícil escapar tampoco es completamente nueva.

Antes de los servidores estaba la mirada divina

Muchas tradiciones religiosas han sostenido durante siglos que existen actos que pueden ocultarse de otras personas, pero no de Dios. La conocida expresión “Dios te está viendo” condensa de forma muy simple una idea de enorme profundidad cultural: la conducta moral no tendría por qué depender exclusivamente de la presencia de una autoridad humana.

Sería absurdo reducir la religión a un antiguo mecanismo de vigilancia. La experiencia religiosa contiene dimensiones espirituales, comunitarias y filosóficas mucho más profundas. Sin embargo, resulta difícil ignorar que la creencia en una mirada capaz de atravesar aquello que permanece oculto ha tenido también consecuencias sobre el comportamiento social.

La comparación con nuestra época es imperfecta, pero sugerente. Aquella mirada era trascendente; la contemporánea es extraordinariamente material. Está formada por cámaras, teléfonos, servidores, sensores, archivos y seres humanos conectados entre sí.

Durante siglos, alguien podía pensar que un acto secreto había sido visto únicamente por Dios. Ahora debe convivir con una posibilidad bastante menos metafísica: quizá alguien tenía un teléfono cerca.

Y esa posibilidad está modificando algo más que nuestra privacidad.

Cuando el testigo ya no necesita un canal de televisión

Durante buena parte de la historia moderna, convertir una experiencia individual en un acontecimiento público requería atravesar instituciones. Había que llegar hasta un periodista, un periódico, una radio o un canal de televisión. Quienes administraban esos medios poseían, inevitablemente, una enorme capacidad para determinar qué merecía ser conocido y qué quedaba fuera de la conversación colectiva.

La red debilitó ese monopolio. Una víctima puede contar directamente lo ocurrido, una comunidad puede documentar una realidad ignorada por los medios nacionales y un desconocido puede transformar su teléfono en una fuente primaria de información. Nunca habíamos dispuesto de una infraestructura en la que tantas personas pudieran producir testimonios y hacerlos potencialmente accesibles a otras tantas.

Hay algo profundamente emancipador en esa posibilidad, pero sería ingenuo confundir acceso a la palabra con acceso automático a la verdad. La misma grabación que documenta un abuso puede comenzar demasiado tarde y eliminar el contexto necesario para comprenderlo. Una denuncia legítima puede encontrar apoyo colectivo, mientras una acusación falsa puede propagarse con la misma velocidad. La multitud conectada puede convertirse en testigo, pero también puede convertirse en tribunal, y los tribunales improvisados rara vez se distinguen por la paciencia.

La llamada justicia viral revela esa contradicción. Conductas que antes podían quedar protegidas por el silencio encuentran ahora consecuencias públicas, pero esas consecuencias pueden transformarse también en castigos desproporcionados, campañas de hostigamiento o sentencias sociales emitidas antes de conocer los hechos completos.

Por eso el problema no consiste simplemente en decidir si la vigilancia es buena o mala. La pregunta más difícil es qué clase de moral produce una sociedad donde cada vez más personas saben que sus actos pueden abandonar su contexto original y convertirse en objeto de juicio colectivo.

¿Nos comportaremos mejor porque hay una cámara?

Existe una respuesta incómoda que conviene considerar: probablemente, algunas veces sí.

La posibilidad de que un abuso de autoridad sea grabado puede modificar el comportamiento de quien ejerce ese poder. Saber que una agresión, una humillación o una mentira podrían quedar documentadas introduce un límite que antes no siempre existía. La mirada ajena ha influido en la conducta humana mucho antes de Internet, y no hay razones para imaginar que los teléfonos hayan eliminado ese efecto.

El problema aparece cuando confundimos disciplina con moralidad.

Una persona que evita una conducta únicamente porque teme ser grabada no necesariamente ha comprendido por qué esa conducta está mal. Podemos imaginar una sociedad perfectamente vigilada y, al mismo tiempo, habitada por personas que simplemente han aprendido a esconder mejor aquello que desean hacer.

La moral comienza en un lugar más difícil de programar: allí donde podemos elegir incluso cuando nadie garantiza una recompensa, un castigo o una audiencia.

Y quizá sea precisamente en este punto donde nuestra época ofrece una posibilidad que suele quedar eclipsada por el debate sobre vigilancia.

Tener más información no significa poseer la verdad

La misma red que nos observa ha ampliado radicalmente nuestra capacidad de observar el mundo. Esto no significa que Internet nos haya vuelto automáticamente más sabios. Tenemos más testimonios, pero también más propaganda; más imágenes, pero también más manipulación; más voces, aunque los algoritmos continúen decidiendo cuáles llegan hasta nosotros con mayor frecuencia. La inteligencia artificial añade ahora otra capa de incertidumbre al permitir fabricar imágenes, voces y documentos cada vez más convincentes.

Aun así, existe una diferencia histórica difícil de minimizar. Una persona conectada puede escuchar directamente a alguien que vive una guerra a miles de kilómetros, consultar documentos que antes estaban reservados a especialistas, comparar interpretaciones opuestas de un mismo acontecimiento y conocer experiencias humanas que durante siglos habrían permanecido fuera de su horizonte.

La red no nos garantiza la verdad, pero multiplica las posibilidades de buscarla. Y eso amplía también nuestra responsabilidad.

Nuestra última libertad

Durante gran parte de la historia, la distancia y la escasez de información limitaban inevitablemente lo que una persona podía saber sobre otras sociedades y otras vidas. Hoy podemos encerrarnos voluntariamente en comunidades que confirmen nuestros prejuicios, pero también podemos hacer lo contrario: escuchar una experiencia que contradiga nuestras certezas, contrastar un relato, consultar un archivo, descubrir que estábamos equivocados o reconocer humanidad donde antes solo conocíamos una etiqueta.

Nada garantiza que elijamos hacerlo.

Esa es precisamente la cuestión.

Tal vez el cambio moral más importante de esta época no consista en que las máquinas puedan observarnos cada vez mejor, sino en que nosotros nunca habíamos tenido tantas posibilidades para observar el mundo, escuchar a otros y revisar conscientemente nuestros propios criterios.

Durante milenios, muchas sociedades imaginaron una mirada superior capaz de contemplar aquello que los seres humanos no podían ver. Hoy estamos construyendo una red mucho más imperfecta, ruidosa y contradictoria, pero también extraordinariamente extensa, en la que millones de miradas pueden encontrarse y donde experiencias antes aisladas pueden convertirse en conocimiento compartido.

Las plataformas pueden ordenar esa información, los algoritmos pueden intentar dirigir nuestra atención, los gobiernos pueden administrar relatos y las multitudes pueden emitir sus propios veredictos. Sin embargo, ninguna de esas fuerzas elimina por completo la decisión que permanece al final del proceso: qué creemos después de escuchar, qué rechazamos después de conocer y qué clase de personas queremos ser después de haber visto.

Quizá por eso la era de la vigilancia total contiene una paradoja que merece algo más que miedo. Cuanto más difícil resulta escapar de las miradas ajenas, mayor parece también nuestra capacidad para mirar por nosotros mismos.

La pregunta ya no es únicamente cuánto puede saber la tecnología sobre nosotros. La pregunta es qué vamos a decidir nosotros, ahora que podemos saber mucho más sobre el mundo.