Software en Internet Archive

Software en Internet Archive

Entrar a la colección de software de Internet Archive se parece a caminar por una biblioteca cuyos libros fueron ordenados según el material de sus tapas. En un estante aparecen juegos de MS-DOS; en el siguiente, archivos APK; más allá, discos compactos, sistemas operativos, programas educativos, manuales, firmware y colecciones con cientos de miles de archivos. Todo está allí, pero nada parece saber exactamente dónde pertenece.

La primera impresión es la de un cementerio digital: inmenso, silencioso y cubierto por nombres que solo resultan familiares para quienes ya conocen lo que buscan. Sin embargo, bajo ese desorden permanece una de las bibliotecas de conocimiento informático más extraordinarias que hemos construido.

Internet Archive no conserva únicamente programas antiguos. Conserva formas históricas de escribir, diseñar, calcular, jugar, enseñar, comunicarse y comprender un computador. Allí permanecen las respuestas que distintas generaciones dieron a problemas que todavía nos acompañan.

Una biblioteca organizada como una bodega

La sección de software de Internet Archive mezcla criterios que no deberían ocupar el mismo nivel. MS-DOS y ZX Spectrum son plataformas; APK es un formato asociado a un ecosistema; Internet Arcade es una experiencia de acceso; Tucows representa una procedencia histórica; shareware describe una modalidad de distribución; TOSEC es un proyecto de preservación, mientras que DOOM Level CD es una colección temática extremadamente específica.

Esta estructura puede tener sentido desde la lógica interna de un archivo construido durante años mediante aportes, colecciones y proyectos independientes. Pero no responde a la manera en que una persona común intenta descubrir conocimiento.

Nadie entra a una biblioteca preguntando por el identificador interno de una estantería. Entra queriendo saber qué puede aprender, qué herramientas existían antes de las actuales, cómo se enseñaba informática en los años noventa o qué programas utilizaban las personas para escribir, administrar una pequeña empresa, crear imágenes o aprender programación.

El problema se agrava porque un “ítem” de Archive.org no siempre equivale a un programa. Puede ser una aplicación individual, una imagen de disco, un sistema operativo, un CD completo, una recopilación de shareware o un paquete con miles —incluso millones— de archivos. Compararlos como si fueran objetos equivalentes es como colocar una novela, una enciclopedia y un edificio lleno de libros dentro del mismo catálogo y llamarlos simplemente “texto”.

En 2023, Internet Archive informó que había superado las 250.000 piezas de software ejecutables mediante emulación. Pero pertenecer a la colección no significa necesariamente poder abrir un programa en el navegador. Muchas imágenes ISO, paquetes de preservación, aplicaciones móviles y sistemas históricos todavía requieren descargas, emuladores, máquinas virtuales o conocimientos técnicos adicionales.

Nunca habíamos conservado tanto software y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil comprender lo que conservamos.

Cuando los metadatos deciden qué merece existir

Una parte del problema parece burocrática: títulos inconsistentes, fechas dudosas, idiomas ausentes y etiquetas duplicadas. Pero los metadatos nunca son un asunto menor. Son el mecanismo mediante el cual una cultura decide qué puede encontrarse y qué permanecerá enterrado.

En Internet Archive, una búsqueda puede separar artificialmente DOS, dos, MS-DOS y ms-dos. Lo mismo ocurre con Android y android, o con términos como español, Spanish y spa. Un programa educativo puede aparecer bajo “educativo”, “education”, “educational software” o no llevar ninguna etiqueta pedagógica.

Las fechas también pueden engañar. El año visible puede corresponder al lanzamiento original del programa, a una edición posterior, a la creación de una compilación o a la fecha en que alguien preparó la imagen conservada. La fecha de incorporación a Archive.org, por su parte, no dice cuándo nació el software. Un sistema de 1984 puede haber sido subido en 2024 sin convertirse por eso en una obra contemporánea.

Algo similar ocurre con las licencias. La declaración incluida en una ficha puede referirse al paquete aportado, a las imágenes o a la descripción, y no necesariamente al código del programa original. Que un registro muestre una licencia abierta no significa automáticamente que el software comercial contenido pueda reutilizarse sin restricciones. Por eso cualquier descarga o reutilización debe evaluar los derechos caso por caso.

Lo que no puede clasificarse termina siendo difícil de encontrar. Y lo que no puede encontrarse corre el riesgo de dejar de existir culturalmente.

Ordenar por preguntas humanas

La solución no consiste en borrar las colecciones actuales ni en imponer una clasificación rígida sobre un archivo construido comunitariamente. Se necesita una capa de navegación situada por encima de la estructura archivística: una entrada basada en intenciones humanas.

La primera gran familia podría reunir experiencias y entretenimiento: arcade, consolas, juegos de ordenador, animaciones Flash, demos, mods y creaciones comunitarias. Allí Doom II no sería simplemente un archivo de MS-DOS, sino parte de la historia del videojuego y de una cultura que también produjo niveles, modificaciones y herramientas propias.

Una segunda familia agruparía herramientas para trabajar y crear: procesadores de texto, hojas de cálculo, bases de datos, programas gráficos, compiladores, utilidades, controladores, navegadores y servidores. Una aplicación como AS-EASY-AS, una hoja de cálculo para DOS, permitiría observar cómo se resolvía el trabajo con datos antes de que las plataformas actuales convirtieran cada función en una suscripción.

En infraestructura digital aparecerían los sistemas operativos, entornos, firmware y software móvil. Apple Macintosh System 7, Windows 3.1 en español o las colecciones de aplicaciones para versiones antiguas de Android no son únicamente productos obsoletos. Muestran qué se esperaba de una computadora en distintos momentos y cómo fue cambiando nuestra relación con ella.

La familia de aprendizaje y cultura reuniría programas educativos, enciclopedias multimedia, simuladores, CD-ROM científicos y recursos en español. Finalmente, preservación y documentación incorporaría repositorios como TOSEC y Tucows, discos de shareware, colecciones provenientes de BBS, manuales, cajas, catálogos y otros materiales que permiten reconstruir el contexto de uso.

Conceptos como CD-ROM, APK, Windows o MS-DOS deberían funcionar principalmente como filtros. Un CD-ROM puede contener un juego, una enciclopedia, un sistema operativo, un conjunto de controladores o herramientas de productividad. El recipiente no explica la naturaleza de lo que guarda.

Una navegación verdaderamente útil permitiría combinar qué queremos hacer, plataforma, época, idioma, formato, región, posibilidad de ejecución en el navegador y granularidad. También debería distinguir un programa individual de una compilación de 700 gigabytes, mostrar la calidad del registro y advertir cuando la fecha o la licencia no han sido verificadas.

La obsolescencia como modelo económico

La industria tecnológica nos ha acostumbrado a considerar la desaparición como una consecuencia natural del progreso. Una aplicación deja de ser compatible, una empresa apaga sus servidores, un formato pierde soporte y el usuario debe aceptar que aquello que utilizaba ya no existe.

Esta fragilidad se ha intensificado con la nube y los modelos de suscripción. Antes, muchos programas eran objetos relativamente completos: podían instalarse, copiarse, estudiarse y conservarse. Hoy dependen de cuentas, licencias remotas, conexiones permanentes y compañías capaces de modificar las condiciones o cerrar el servicio.

Internet Archive contradice silenciosamente esa lógica. Nos recuerda que el software también es cultura, lenguaje, diseño, memoria laboral y experiencia humana.

Eso no significa que debamos regresar ingenuamente al pasado. El software antiguo puede contener vulnerabilidades, interfaces hostiles, formatos incompatibles y derechos inciertos. Tampoco toda solución histórica merece ser recuperada para un uso actual.

Su valor reside en impedir que olvidemos que alguna vez existió.

No siempre necesitamos escribir más código

La industria presenta cada problema como una oportunidad para crear una nueva plataforma. Otra aplicación para escribir, otra para organizar tareas, otra para enseñar matemáticas, otra para almacenar notas. La innovación termina pareciéndose demasiado al reemplazo constante, aunque los problemas humanos permanezcan casi intactos.

Quizás no necesitamos reutilizar literalmente una hoja de cálculo de DOS o un compilador de los años ochenta. Pero sí podemos estudiar sus decisiones, comprender sus límites y reconocer que otras generaciones ya pensaron estos problemas antes que nosotros.

No siempre necesitamos escribir más código. A veces necesitamos desarrollar la inteligencia cultural necesaria para encontrar, interpretar y aprovechar las soluciones que ya fueron construidas.

La preservación digital no termina cuando un archivo llega sano a un servidor. Una biblioteca cumple su función cuando alguien puede descubrir una obra, comprenderla y conectarla con su propia vida.

El apartado de Software de Internet Archive ya conserva una parte formidable de nuestra memoria informática. Ahora necesitamos los mapas que nos permitan volver a entrar en ella.

Tal vez el futuro del software no dependa únicamente de cuánto código seamos capaces de producir, sino de cuánto conocimiento del pasado todavía seamos capaces de recuperar.